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Baigorria (15)

No me gusta alejarme de mi territorio. Solamente salgo de la Seccional Sexta si es por alguna razón realmente importante o para conseguir algo que no hay en el barrio. Las pocas veces que eso sucede tiene que ver con conseguir algún condimento o algún fiambre, con lo cual, mis expediciones no van mucho más allá del Mercado Norte, o del Almacén de Mario, en la calle Deán Funes.
Esta vez, en cambio, tuve que incursionar en el Mercado Sud.
¿Se han preguntado ustedes si existe alguna razón oculta detrás de la forma en que está organizada la ciudad? A mi esa duda me ataca cuando pienso en lo diferentes que son los dos mercados. Para mí, funcionan como dos polos que crean una corriente de energía alrededor de la cual se disponen los objetos, los edificios y las personas. El territorio Mercado Norte es luminoso y lleno de vida. Los olores de los tambores de aceitunas, de las especierías invitan a probar. En las veredas, los puestos de las bolivianas revientan con sus limones y ajíes enormes. Las peruanas y sus cilantros, todo está dispuesto para quedarse a vagabundear, a comer pescado fresco, o a detenerse a oler el café recién molido. En cambio el Mercado Sud parece una zona bombardeada. Los locales están semiabandonados y son oscuros. La actividad más importante está en la pequeña sucursal de la terminal de ómnibus que funciona detrás del edificio. Lo que confirma que es un lugar del que todos quieren irse.
En las calles y pasajes que lo rodean, los grandes locales mayoristas van siendo reemplazados por negocios que venden chucherías importadas. En uno de estos negocios tristes y desordenados me encontré con Salo.

Salomón Sandler es primo de Sara. Nunca tuve muy en claro cuál es el grado real de parentesco más allá de que comparten el apellido. La idea de la extensión de la familia es muy diferente entre los judíos rusos y los criollos. Mi madre apenas reconocía un par de primos de los que apenas hablaba, en cambio las conversaciones entre doña Raquel y Sara sobre ese asunto eran interminables. E imposibles de seguir sin un gráfico que pusiera en orden esa red incomprensible de personas. A eso se le sumaba la confusión que generaban las distintas versiones de un mismo apellido: a veces un Kohan y un Cohen estaban relacionados. A veces no.
Los padres de Salomón habían tenido una sedería por la calle Corrientes. Cuando murieron, Salo consideró que el rubro no daba para más y convirtió el local en una juguetería mayorista. Con los avatares de la política económica argentina, vivió momentos de esplendor y de derrota. A lo que se le sumaba la desprolijidad administrativa de Salo. En los últimos diez años el negocio se mantiene gracias a los bajos costos (Salomón es el dueño del local. Además mantiene la mayoría de las luces apagadas para ahorrar electricidad) y a unos pocos viejos kiosqueros que le compran chucherías. La principal actividad de Salo no era el negocio sino la conversación. Su central de operaciones era un barcito minúsculo sobre una de las cortadas del mercado. Hablaba con seguridad sobre cualquier tema. Y no discriminaba a ninguna colectividad. Era amigo de los árabes, de los coreanos, de los chinos, y últimamente había agregado a su círculo a alguno de los senegaleses que venden carteras en la calle. El único punto en contra que tenía era la inclinación a no respetar el espacio personal. Saludaba con palmaditas o cachetazos a cualquiera, o hacía chistes subidos de tono en cualquier contexto. Pero si algo pasaba por la zona, Salo lo sabía.
Lo llamé por teléfono y nos citamos en la esquina de Corrientes e Ituzaingó. Me pareció raro. Salomón siempre buscaba alguna excusa para demorarse en los bares. Nunca te citaba en un lugar público. A la hora señalada, lo encontré al lado del semáforo. Me saludó con cordialidad e hizo los comentarios típicos de un familiar lejano. Preguntó por Rújale. Dijo que me veía más gordo, y a los minutos dijo que estaba más flaco. Evitaba hablar de Sara y de Ariel. Cuando quise preguntarle si sabía algo de chinos o coreanos que tuvieran algo que ver con el robo del papamóvil, me hizo entender por señas que me callara. Sin hablar, me hizo con la mano un ademán para que lo siguiera, y empezó a caminar por la calle Ituzaingó. A mitad de cuadra entró al local de ropa de unos coreanos. Allí saludó a todas las vendedoras y me presentó como su primo Beto. A la altura de los probadores corrió una cortina.
—Entrá rápido. De lo que veas acá no digas nada.
Detrás de la cortina, el local continuaba en un galpón enorme que llegaba hasta el corazón de la manzana. Estaba oscuro y los ojos tardaron en acostumbrarse a la falta de luz. Pero el oído me informó antes que la vista de donde estaba: un taller de costura.
A medida que avanzamos por el pasillo central en el que estaban dispuestas en hileras las máquinas de coser, sentía más fuerte una voz que iba diciendo.
Toro legal. Habilitado. Toro legal.
Delante nuestro apareció un coreano que habrá tenido mi misma edad. Era grueso, sólido. Seguramente un hueso duro de roer en una pelea. Detrás de él venía un muchacho con el mismo aspecto, seguramente su hijo.
—Tranquilo don Park—dijo Salo—, le presento a mi primo Beto.
El señor Park se inclinó un poco. Su hijo en cambio me extendió la mano. Salomón siguió hablando:
—Acá mi primo necesita si le puede sacar algunas dudas.
El señor Park debía estimar mucho a Salo porque me escuchó muy atentamente. En alguna ocasión el joven Park quiso participar en la conversación pero el viejo lo frenaba con la mirada. Cuando terminé de exponer toda la historia hasta el punto donde había llegado al taller de costura, Park, respiró hondo, me miró profundamente a los ojos y me dijo:
—Mala cosa señor Beto. No meterse. Gente de Pyongyang. Acá se sabe de todos los paisanos. Mala gente. Con protección además.
—¿Protección de quién?—le pregunté.
El señor Park se limitó a señalar arriba con el dedo. Después hizo otra reverencia corta y se fue. El joven Park me volvió a dar la mano y salió detrás de su padre. Salo me puso la mano por encima del hombro y me fue empujando hacia afuera del taller.
—Si Park dice que no te metas, no lo hagas. Debés estar cerca de algo muy jodido.
Cuando estuvimos de vuelta en la calle le agradecí a Salomón y le di un abrazo. Volviendo para el barrio me vibró el celular. Me fijé en la pantalla: cuatro llamadas perdidas de Raquel. Algo muy malo debía estar pasando en casa.


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